Eduardo Barrón y la Semana Santa de Zamora [LOZ.Viernes
06 de abril de 2012]
En el nuevo artículo del estimado Ricardo Flecha podemos leer:
Eduardo Barrón, estaba destinado a seguir los pasos de su
primer maestro y mentor, Ramón Álvarez y comenzar lo que quizá hubiera sido la
escuela zamorana de imaginería. Pero el destino le tenía preparado un futuro
más interesante, más prolífico en obras y, desde luego, mucho más exitoso.
Tras su paso por Roma, con el reconocimiento nacional a su obra y con taller
abierto en Madrid, el entonces obispo de la diócesis zamorana, Tomás Basterra y
Cambese, le solicitó muchas veces que se implicara en la realización de un paso
procesional para la Semana Santa de Zamora. Barrón, sin declinar el trabajo,
pidió por la obra 7.500 pesetas. Nunca realizaría nada para la Pasión zamorana.
Siempre decía «?Que lo hagan los jóvenes con poco que hacer y ganas de
hacerlo».
Es imposible imaginar cómo hubiese sido una obra realizada por Eduardo Barrón.
Pero quizá, todos los que como yo, siempre hemos lamentado la falta de visión
de nuestros antepasados en dotar a la Semana Santa de la ciudad de la obra de
su mas genial escultor, pudiéramos habernos asombrado del resultado.
Si se esperaba que Eduardo Barrón hubiese seguido los designios trazados por
Ramón Álvarez a la hora de realizar un grupo procesional nos equivocaríamos. Si
bien Don Ramón fue su primer maestro y así lo mantuvo el escultor cada vez que
hablo de sus inicios profesionales, no pudo enseñarle el oficio de escultor y
mucho menos influir en su obra.
Recién llegado a Madrid con 18 años, en 1875, a fin de ingresar en la Academia
de Bellas Artes, Barrón comenzó a trabajar como aprendiz en un taller de
escultura. Primeramente con Elías Martín Riesco, un escultor seguidor de los
gustos neoclásicos de Antonio Cánovas, donde seguramente aprendería a tallar la
piedra. Más adelante lo hará en el taller de uno de sus profesores, Francisco
Bellver.
Francisco Bellver fue para Barrón su maestro. Sin desechar lo que pudo aprender
en el taller de Ramón Álvarez, sería con Bellver donde aprendería casi todos
los rudimentos del oficio de escultor. Francisco Bellver y Collazos fue un
importante escultor español del siglo XIX, de gustos clásicos, pertenecía a una
importante familia de escultores valencianos afincados en Madrid. Su obra
estuvo centrada en las realización de imagenes religiosas, campo en el que
realizó numerosos trabajos destinados a iglesias de España y América. De su
producción destacan las realizadas para la localidad de Overa, en Almería: el
grupo de la Piedad,Virgen de las Angustias y el Cristo de la Misericordia,
Un estudio más ponderado de la obra de Eduardo Barrón nos llevaría a comprender
la influencia que tuvo este escultor, en posteriores trabajos desarrollados por
Eduardo Barrón. Y llegar a considerar a este artista, como el verdadero maestro
que tuvo, ya que la huella de Francisco Belver, está implícita en toda la obra
del escultor zamorano.
Barrón nos dejo pocas obras de imaginería religiosa, casi todas ellas perdidas,
como la Virgen de la Piedad realizada para la iglesia de las Agustinas de
Madrid, destruida en los sucesos de la Guerra Civil. O la Inmaculada regalada
por don Alejandro Groizard al Papa León XIII. De lo poco que ha llegado a
nuestros días es la imagen de San Ignacio de Loyola realizada en 1893 para el
altar mayor del Monasterio de San Jerónimo en la Universidad Católica de San
Antonio de Guadalupe(Murcia). Todas estas obras menores carecen de la
declamación romántica que presentan sus esculturas y mantienen las
características y una gestualidad formal propia de las imágenes devocionales
levantinas, como son tonalidades pastel, el gusto por los dorados en incisión y
las policromías a pulimento. Quizá ese modo de trabajar hubiera resultado
extraño para quienes esperaban con Barrón, volver a ver procesionar otra vez
las obras de Ramón Álvarez.
Sin embargo, Eduardo Barrón contribuyó sin duda en la realización de varias
imágenes procesionales de nuestra Semana Santa. Su taller de la madrileña calle
de Ferraz, era un punto de referencia de todo escultor zamorano que quisiese
desarrollar su labor.
Uno de los primeros en aparecer por él, seguramente para pedirle ayuda, fue su
amigo y compañero del taller de Ramón Álvarez, Aurelio de la Iglesia, que
seguía sin haber triunfado aún, y después de dar tumbos por Roma se encontraba
en Madrid. En 1892, la recién creada Junta de Fomento de la Semana Santa le
acababa de encargar la realización de un Cristo en el Sepulcro para la Cofradía
del Santo Entierro. Fue Eduardo Barrón, quien empleó sus contactos con el
Hospital Universitario de San Carlos, donde ya había trabajado con Ramón Parot
en la decoración del aula magna, para que a Aurelio de la Iglesia le
permitiesen hacer el vaciado en yeso de un cadáver para llevar a cabo su
yacente. La realización del vaciado de un cadáver en el Hospital San Carlos no
estaba al alcance de cualquier persona que lo solicitase. Cuenta la historia,
no confirmada, que se trató de un muchacho ahogado en el río Manzanares. Aunque
para mucha gente siempre ha parecido una anécdota morbosa, la transcripción de
volúmenes vivos a madera por medio de un vaciado en escayola era una práctica
más que habitual entre los escultores del siglo XIX, sobre todo de los
imagineros. Algo que, si se observa detenidamente, se aprecia en muchas de las
figuras realizadas por don Ramón Álvarez.
Por desgracia, la obra que nos ha llegado, nada tiene que ver con la que
realizó Aurelio de la Iglesia, ya que ésta sufrió dos transformaciones salvajes
que alteraron la fisonomía de la imagen. La primera de ellas fue realizada por
el escultor Florentino Trapero en 1956, el cual retalla el, según su opinión
«abultado pecho de la imagen» suprimiéndole los pelos de las axilas y
policromándola de nuevo, con una encarnadura mate al aceite que presenta un tono
uniforme, sin apenas veladuras y que nada tenía que ver con la original de la
imagen. Fue tal la reforma que la cofradía opinó «que puede decirse que fue
hecho de nuevo».
La segunda fue realizada por Julio Mostajo, que cambió el antiguo sudario de tela
encolada por uno nuevo, mas rígido, al que sujetó la imagen. Y que si algo nos
va a enseñar la historia moderna de las cofradías es que casi nunca, junto con
el cargo de directivo de Semana Santa vienen sobreentendidas nociones de arte y
gusto estético.
Siguiendo este orden de cosas, apareció por su taller en 1897 otro de los
discípulos de Ramón Álvarez, Miguel Torija, que acababa de obtener una medalla
de tercera clase en la exposición Nacional con su obra El Corebo Vencedor y
había sido pensionado por la Diputación Provincial con una beca que le permitía
acudir a Roma. Se encontraba en Madrid, realizando el grupo de El Prendimiento
que le había encargado la Junta de Semana Santa de Zamora para la cofradía de
la Vera Cruz. Barrón debió de ayudar a Torija y según su hijo, «le decoró el
paso».
Habría que estudiar también la influencia que pudo llegar a tener Eduardo
Barrón en la realización del paso que desfila con la Vera Cruz. El grupo
presenta alguna recomposición posterior a su realización, como la figura de
Cristo, realizada más pequeña de lo que requería la estampa final y que fue
incrementada treinta centímetros por medio de una elevación de terreno un tanto
artificial.
Intentar llegar más lejos, adivinando como hubiera sido una obra realizada por
Eduardo Barrón, sería equivocarse. No hay que olvidar que el mundo de la Semana
Santa le quedaba muy distante a quien, como Eduardo Barrón, tenía una posición
social y artística ganada ya en Madrid y no podía aceptar las actitudes
mediocres en el reconocimiento y cicateras en el pago que siempre han mantenido
las cofradías de Zamora con sus imagineros. Él era un escultor, nada que ver
con los que estaba acostumbrado a tratar aquí en Zamora.

Grupo de El Prendimiento.
Cofradía de la Santa Vera Cruz de
Zamora.
Obra realizada por Miguel Torija. [Foto: LOZ]